El Family Cash Alzira FS saltó al 40x20 del Palau con la soga al cuello. Las victorias previas de Osasuna e Industrias García habían disparado la línea de la salvación a 8 y 10 puntos, respectivamente. Enfrente, un Viña Albali Valdepeñas eufórico, recién clasificado para la Final Four de la Copa del Rey y buscando asaltar la quinta plaza. Pero en el deporte, el hambre de supervivencia a veces pesa más que la inercia ganadora. Y el Alzira demostró que tiene hambre de sobra para seguir siendo de Primera.
Audacia, el premio a la insistencia y lágrimas de alegría La primera mitad fue un duelo de altísima tensión. La consigna local estaba clara: disparar a la mínima oportunidad para resquebrajar el cerrojo vinícola. Tanto fue así que hasta el meta Deivd, un portero con alma de killer (más de 70 goles en su currículum), probó suerte con un misil desde 30 metros.
La insistencia ribereña encontró su premio de la manera más emotiva posible. Tras un barullo y con el portero visitante Pato fuera de su hábitat, Joan cazó un balón suelto para empujarlo a la red y firmar el 1-0. El gol hizo estallar al Palau, pero sobre todo, supuso una inmensa liberación personal para el cullerense, que reaparecía a lo grande tras un calvario de diez meses en el dique seco por lesión. La única nota amarga antes del descanso fue la retirada obligada de Yunii, que tuvo que abandonar el choque lesionado.
Un gol "llorando", sufrimiento y éxtasis final Lejos de especular con el marcador, el Alzira salió en la segunda parte aún más volcado. El acoso constante de Lechero tuvo recompensa cuando, con suspense y pidiendo permiso, mandó a la jaula un balón que entró "llorando" para subir el 2-0. La grada enloqueció y el marcador pudo ser de escándalo si Deivd o Luis Fernando hubieran culminado dos jugadas antológicas en las que sentaron a sus defensores con sendas pisadas de balón de puro fútbol sala callejero.
Pero el Viña Albali no había venido de turismo. Los manchegos tiraron de orgullo y su refuerzo invernal, Nico Marrón, logró perforar la muralla de Deivd para apretar las tuercas (2-1). El miedo volvía a sobrevolar el Palau.
A ocho minutos del final, el partido dio un nuevo giro con la expulsión del visitante Álex Fonseca. El Alzira dispuso de superioridad numérica, pero la tensión agarrotó las piernas y no encontraron el gol de la tranquilidad. Tocó ponerse el mono de trabajo. Los ribereños se multiplicaron en defensa, achicando agua y bloqueando balones con el alma, sobreviviendo incluso a un último y taquicárdico disparo visitante sobre la bocina.
El pitido final desató el éxtasis. Tres puntos de oro molido que vuelven a dejar la salvación a tiro de piedra (cinco puntos) y que mantienen intacta la fe de una afición que se niega a despertar del sueño de la Primera División.
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